Todo empezó en el parque de bomberos de Livermore, en California. Allí, una bombilla lleva encendida ya más de 115 años. Un ingeniero barcelonés, Benito Muros, se preguntó cómo era posible que las que se fabrican ahora duren tan poco y la del parque de bomberos llevara un siglo funcionando. Sin ser consciente, se había topado con una de las «tradiciones» industriales más arraigadas: la obsolescencia programada, un término acuñado tras la Gran Depresión, en los años 30 del siglo pasado, por un comerciante americano que lo propuso para salir de la crisis: «Planificar la obsolescencia de los bienes de consumo en el momento de su fabricación». Dicho de otra manera: las cosas no pueden durar mucho si queremos que el motor del consumo no se pare

Decidió entonces iniciar su particular cruzada contra la obsolescencia programada: en 2002 lanzó al mercado una bombilla reparable que aseguraba podía durar toda la vida: «Quería demostrar que se pueden fabricar las cosas de otra manera». Pero se topó con la resistencia de la industria. «Difamaciones, boicots, trabas a la distribución, falsificaciones, intentos de compra e incluso amenazas de muerte… hicieron de todo y ganaron: es imposible fabricar un producto pensado para durar y que ponga en peligro el gran negocio de las multinacionales».

Ante la imposibilidad de distribuir su bombilla, el año pasado decidió seguir luchando a través de la fundación FENISS (Energía para la Innovación Sostenible Sin Obsolescencia Programada) para promover que otras empresas diseñen y fabriquen productos con la misma filosofía con la que él fabricó sus bombillas.

La fundación otorga el sello ISOPP a aquellas empresas que cumplen con un decálogo de buenas prácticas orientadas no sólo a luchar contra la obsolescencia programada, sino también a promover el comercio justo, la responsabilidad medioambiental, la integración social, la conciliación de la vida laboral y personal o la contratación de empresas locales.

Y es que la obsolescencia programada no sólo afecta a nuestros bolsillos, también tiene como resultado la utilización innecesaria de una gran cantidad de recursos naturales escasos y el crecimiento desmesurado de basura tecnológica (según la ONU, generamos unos 50 millones de toneladas al año de estos residuos que acaban, en un alto porcentaje, en vertederos de países en desarrollo).

«Las grandes multinacionales esquilman las materias primas de África para mandarlas después a Asia, donde niños y adultos, por sueldos de miseria, las transforman en productos baratos y de baja calidad que se venden en occidente, una y otra vez, consumiendo petróleo y emitiendo CO2 y abocándonos a un endeudamiento permanente», resume Muros. «Quiero dejar a mis hijos un planeta en el que se pueda vivir, porque a este ritmo nos quedan 20 o 30 años».

FENISS también busca que los partidos incluyan medidas contra la obsolescencia programada en sus programas electorales. Lo intentó para las pasadas elecciones, pero sólo el grupo Recortes Cero-Los Verdes lo hizo. Ante las nuevas elecciones, la fundación volverá a intentarlo. Su modelo es Francia, donde se aprobó, hace casi dos años, multas de hasta 300.000 euros y penas de cárcel de hasta dos años para los fabricantes que programen el fin de la vida útil de sus productos.

A la obsolescencia funcional, le ha seguido, a un ritmo vertiginoso en lo que llevamos de siglo XXI, la obsolescencia de moda y la obsolescencia tecnológica. Un producto sigue siendo funcional pero ya no está a la última. La obsolescencia de moda, que todos asociamos con la ropa, afecta cada vez más a otros productos, especialmente a los tecnológicos. La obsolescencia tecnológica tiene además otras formas: desde el lanzamiento de un nuevo software, que obliga a cambiar de hardware, hasta la incorporación de piezas soldadas, que una vez que dejan de funcionar inhabilitan todo el aparato, pasando por la racionalización de los avances tecnológicos, donde los fabricantes ofrecen con cuenta gotas tecnologías ya disponibles.

Un ejemplo sonado de esta práctica fue el del revolucionario iPod: su batería sólo duraba 18 meses y no podía cambiarse. Apple fue llevada a juicio y se demostró que ese fallo era deliberado. Demostrar otras obsolescencias programadas no es tan fácil. O quizá es sólo cuestión de tiempo.

Fuente obtenida del www.mundo.es